Por Pedro Avendaño
Vicerrector de Extensión, Comunicación y Relaciones Internacionales.
Universidad del Mar
El terremoto y el Tsunami del 27 de febrero mostraron una vez más los varios rostros de Chile. La luz y la sombra en este Bicentenario de la República que nos convoca a todos y a todas a la reconstrucción de las zonas devastadas.
Pero la catástrofe no sólo se limita la pérdida de vidas humanas y a daños materiales sólo comparables con los efectos de un cataclismo del más alto grado de destrucción, sino que los hechos sucedidos en Concepción y otras partes del país dejaron al descubierto esta rabia contenida, esta precariedad en la que viven miles de personas, esta marginalidad que no tiene que ver exclusivamente con lo económico y sí mucho que ver con la ausencia de gestión de oportunidades, con la ausencia de una educación pública ciudadana.
Tiene que ver con la pérdida de identidades reemplazadas por la liviandad del marketing, por la promesa del éxito rápido y en definitiva, porque unos plenamente conscientes y otros no tanto, confundimos el mercado como instrumento de desarrollo, con el mercado como rector de la sociedad.
Porfiadamente, a pesar que la tendencia actual señala que la imagen es todo, este cataclismo nos viene a recordar la enorme distancia que hay entre la forma y el fondo. La imagen de un país exitoso, con aires de tigre asiático en su momento, moderno y desarrollado, contrasta con la fragilidad social, con la ausencia de tejido social, capaz de responder y tomar decisiones acertadas en momentos de crisis.
Pero en toda crisis hay héroes anónimos, personas que reivindican el derecho a la vida, como esa señora que no entró al almacén abierto de su vecino a pesar del hambre de su familia y dijo no, ya tendremos para comer, o la niña de Juan Fernández que supo leer en el mar el peligro del Tsunami y alertó al pueblo con el toque del gong, o aquellos otros, pescadores de Talcahuano, que rescataron a los niños de la población antes de arrancar de la tercera ola. Mujeres en las calles limpiando, levantándose en medio de la demolición mientras preparan alimentos para que otros coman.
Ahí, en ese espacio están también muchos profesores, funcionarios y auxiliares de nuestra casa de estudios. Algunos a través de sus donaciones, otros cargando el camión que salió a Curicó y Talca y otros, estudiantes en su mayoría, recolectando alimentos y ropa.
Anónimos, pero testimonios vivos de la capacidad para levantarse y caminar. Ahora, esos estudiantes trabajan repartiendo alimentos y ropa en Curicó, habilitando baños, limpiando escombros. Trabajan en Tutunquén Alto y Tutunquén Bajo, en Curepto y en Tabunco, en Hualleco, Longocura y en La Viñas, y aunque en medio de la desolación es muy poco, para aquellos que apoyado, seguramente ha representado todo un mundo.
Mientras, en la Sede Centro Sur, las clases se iniciarán el 1º abril y así poco a poco volverá la normalidad, las cicatrices comenzarán a cerrarse y la memoria almacenará, una vez más por sobre toda fatalidad, ese minuto en que la vida nos dio una nueva posibilidad. La vida comienza mañana, cada mañana, a cada mañana.
Saludamos a todos aquellos que están en las calles de Talca y Curicó, a los que se incorporarán a los grupos de trabajo y a todos aquellos que hicieron de la solidaridad una acción bajo el símbolo de nuestra universidad.